Sinestesia
No conocía este jardín, pese a estar inaugurado desde 2004. Cuando entré, lo percibí como cualquier parque, uno normal y corriente, pero al adentrarme empecé a notar un roce raro en las manos.
El primer árbol que me llamó la atención fue el almendro. Se encuentra un poco alejado de la entrada, pero su copa sonrosada sobresale por encima de todos los demás árboles. Algunas de las flores ya habían caído al suelo, pero despertaban la misma sensación en la punta de los dedos que las que aún permanecían en las ramas: algo suave, tan terso que apenas notas que lo estás tocando, pero ahí está, y no en tus manos, sino en tus ojos. Da la impresión de que se dormiría de lujo en un lecho de esos pétalos.
Cuando miras al suelo, buscando las flores caídas, una se pregunta cómo la tierra y las piedras no rasgan algo así de delicado. Tal vez porque han caído con la misma delicadeza y el gravilloso suelo le concede clemencia.
Al adentrarme un poco más en el jardín, siento punzadas leves en la piel de las manos. La pinocha cubre la tierra y las ramas de otras plantas, como adornos, como pendientes. Algunas hojas de esas plantas tienen el borde algo aserrado, mientras que otras tienen el envés empelusado, y el límite entre lo suave y lo rasposo se difumina en mi cabeza, porque esas hojas no pinchan ni arañan como el suelo, pero de alguna manera se enganchan a las curvas de las huellas dactilares.
Doy una vuelta por el parque, y veo un pino al que le está creciendo una enredadera por el tronco. Pienso que es un buen aderezo para una piel tan rugosa, y, de nuevo, se da la mezcla suave-áspero, y es que el tronco dibuja una curva doble perfecta hacia arriba. Casi parece el cuello de un cisne, casi parece que en lugar de corteza tenga plumas blancas, blandas y esponjosas, y me dan ganas de frotarme las palmas de las manos contra la ropa para deshacerme de las cosquillas.
Al final del parque diviso algunos palmitos, y el vello se me eriza, y siento un dolor ficticio al ver las espinas de sus peciolos, duras, estoicas, puntiagudas, guardianas de los frutos rojos de la hembra del palmito.
Voy por otro camino y veo un pino y la piel de su tronco viejo, y me sorprende lo agrietado y rugoso que es. Dentro de las grietas hay más grietas más finas, y seguro que a partir de ahí tiene más. Me miro los dedos y por un momento los veo igual de arrugados y secos que la madera de ese pino. Qué susto.
Por último, me decido a subir al mirador, donde los cuidadores alimentan a la colonia de gatos que vive en el parque. Y mis manos y mi cerebro vuelven a la calma al ver el suave pelaje de los mininos. No me hace falta acariciarlos, lo noto sólo con mirarlos. Al salir del parque, paso una última vez a mirar el almendro, y mi piel vuelve a adormecerse en un colchón de pétalos.
Fotos y texto de Raquel Delgado

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