RECUERDOS
Recuerdo cuando era pequeña y venía a este parque.
Recuerdo que al entrar no había prácticamente nada; no estaba el bar, ni el cine de verano, ni los toldos. Sólo había una gran pendiente con escalones largos, largos, que daba gusto bajar corriendo y llegar a la puerta del que una vez fue un simple jardín. La fuente que nos recibía ya no es una fuente, es una maceta gigante en la que han colocado un pequeño arbolillo que ahora parece seco.
Recuerdo que de pequeña recorría todo el camino bajo la pérgola con mi bici con ruedines, dando vueltas, mientras mi abuela me miraba desde un banco. Cuando me cansaba, simplemente me sentaba con ella. Ahora la pérgola no está poblada de hojas, pero sigue abrigando un poco del sol.
Recuerdo que en la zona de juegos el suelo no era de caucho, sino de piedras y arena, y los columpios no lo eran al uso, eran neumáticos colgados de cadenas que, si te descuidabas, te pillaban la carne de las manos en un desagradable pellizco con olor a herrumbre; los balancines tampoco eran muy cómodos, pero nos lo pasábamos genial rebotando contra las ruedas que hacían de amortiguador, subiendo y bajando. Por último, recuerdo un gran conjunto de madera con un tobogán, sólo autorizado para niños algo más mayores. Era como un castillo. El tobogán era una celebridad especial, porque era metálico, y cuando nos lanzábamos hacíamos un ruido estridente con las manos. Ah, pero cuando era verano, sólo los más valientes se lanzaban por él, porque te abrasabas el culo y las piernas, de lo candente que se ponía.
Benditos raspones en las rodillas y chispazos de electricidad estática.
Ahora la zona de juegos es más segura, y el que era nuestro castillo dejó paso a unas máquinas para que los adultos hagan ejercicios sencillos y mantener su cuerpo sano.
La parte ajardinada y los bancos de hormigón y metal siguen siendo los mismos. Qué poco trabajo ofrecían a nuestros padres para vigilar nuestra rutina extenuante de juegos.
Recuerdo la siguiente zona del parque, “el parque grande”. A mano derecha estaba el hemicírculo rojo, con un parterre con arbustos, justo donde ahora se erige la espinosa ceiba, y más al fondo, como escondido, un estanque, ahora seco; en ese estanque había dos carpas gordas y lustrosas, curiosas y hambrientas del pan que la gente les daba, más otra que parecía negra, pero que siempre estaba a la sombra, temerosa de tanta presencia humana.
Recuerdo la estación del Trenet, a la izquierda de la entrada, su maquinista, y las vías que recorrían todo el parque, haciendo aún más enormes los árboles de su alrededor. Pero sobre todo recuerdo la gran fuente del fondo, que no estaba pintada de azul verdoso, sino que era de color marrón, seguramente como producto del óxido.
Viéndola así, sin el agua de correr, es como si estuviese callada y triste.
Por último, recuerdo la GRAN zona de juegos de esta parte del parque. Casi todo era de madera o metal, no faltó esa astillita invisible clavada en la yema del dedo, o quemarte el culo (sí, otra vez) con los neumáticos-columpio, pero aquí había un castillo más grande, más majestuoso, y el lugar ideal para refugiarse del verano abrasador o del cansancio por tanto juego; esos maravillosos agujeros en el cuerpo de hormigón eran las entradas y salidas para el laberinto más simple del mundo, pero era divertido y refrescante.
Lo que más siento es la ausencia del largo y estrecho tobogán, que tenía un pequeño rellano y estaba un poco alto, y que entre el rebote del rellano y de no correr un poco al salir, te ibas de bruces contra el suelo.
Y recuerdo aquella regla no escrita, aquel tabú para los niños pequeños como yo, que era ir por el skatepark o “las rampas”. Alguna vez subíamos esos tremendos escalones y asomábamos la nariz a ver a los chicos mayores, deslizándose y haciendo trucos y saltos con sus tablas y sus flamantes patines en línea sobre las aristas. Qué delicia para nuestros infantiles ojos.
No soy la única que viene y recuerda. Mi padre se acuerda de cuando él imprimió el hormigón del suelo de la entrada con aquellos motivos de adoquinados curvos y una estrella, poco tiempo antes de la inauguración; también recuerda que, de más joven, llegó a comerse alguno de los pomelos de pálida pulpa que allí cultivaban. Eran enormes, pero el sabor era atrozmente amargo; mi madre recuerda haber ido a buscar caracoles para estofarlos al extenso huerto de cítricos, y pasar el rato con unas amigas al lado de las puertas de entrada de la red de túneles y pasadizos que una vez definieron un refugio de la guerra.
El Parque La Granja de Burjassot ha sido muchas cosas durante su historia, casa-palacio, jardín, huerto, granja, laboratorio, refugio, escuela… Y desde 1994, parque. Tal vez dentro de unos cuantos años vuelva a cambiar de propósito, pero está claro que vale la pena recordar cada momento que pasemos ahí, siempre entre árboles, historia y cultura.

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