Aromas

 

Me encanta recordar las historias que mi abuelo me contaba, sobre todo esas en las que los aromas eran los protagonistas. Sí, los aromas.

Mi abuelo tenía una gran olfato y por qué no reconocerlo, con una nariz acorde a esa gran capacidad para captar los aromas. Cuando mi abuelo me contaba sus relatos le ponía tanta emoción a sus historias que yo lamentaba no poder captar esa gran cantidad de matices del aroma que relataba con gran precisión.

Cuando recordaba esas historias pensaba en lo afortunado que fue mi abuelo, ya no por poseer ese don olfativo, sino por poder disfrutar de los aromas verdaderamente naturales. Yo dudaba de si aún quedaba algún olor natural o por si lo contrario todos esos aromas que nos rodean son sintéticos creados en laboratorio. ¿Habría aromas en peligro de extinción?

Pero un día decidí ir a visitar el “Parque la Granja” de Burjassot, muchas veces había pasado por su puerta y desde la ventanilla del tranvía lo miraba con ese anhelo de querer visitarlo; Pues ese día llegó y tengo que decir que mi abuelo se hubiera reído mucho de mí, al mismo tiempo que se hubiera sentido orgulloso.

Puedo afirmar que la magia de los aromas fueron mi guía durante mi paseo por el parque, ya que no recuerdo haber tenido antes esas percepciones olfativas tan embriagadoras. ¿Pudo mi abuelo sentir esa magia diariamente? Seguramente sí.

Ahora ya entiendo la emoción que ponía mi abuelo contando sus historias.



Nada más entrar al parque, el aroma a azahar del naranjo y del limonero, me invitó a relajarme y abandonar cualquier preocupación, para que pudiese disfrutar plenamente de mi paseo. Ese olor a azahar penetró en mi cerebro y recuperó recuerdos de las galletas que mi abuela siempre me hacía cuando iba a visitarla.

Inconscientemente mi mente voló al pasado, voló a mi infancia, viendo a mi abuela con su mandil saliendo de la cocina con un bote lleno de galletas, y al abrirlo el olor a galletas con ese leve pero inconfundible aroma a azahar, hacía que me sintiera el niño más afortunado del mundo.

Todavía perdido en mis recuerdos olfativos de la repostería familiar, me vino la imagen de la “coca de llanda” con limón, que acompañaba a las galletas. Parecía que mi paseo por el parque me llevara a la cocina de mis abuelos.

Sin dejar la cocina, un olor fresco y dulce a la vez, me llenó de alegría, era el aroma del mandarino. Ahora tenía ante mí unos roscos dulces de la vecina de mi abuela, la señora Remedios” que todas las tardes de los jueves visitaba a mis abuelos e intercambiaban dulces y “noticias del pueblo” mientras se tomaban una vasito de mistela.

Mientras flotaba en los matices de los aromas noté un alivio en mi cabeza, era como si estuviese totalmente descansada y me dí cuenta que era el efecto que estaba causando en mí, el nuevo aroma que me invadía, era el del pomelo.

Vestido de recuerdos y envolventes aromas llegué a un lugar donde los recuerdos e imágenes se confundían, era como si intentase mezclar la cocina con una multitud de personas, inspiré profunda y lentamente, y esos recuerdos empezaron a verse más nítidos, veía confituras, también mucha gente, tenía que identificar ese aroma especial. !Por fin¡ era “agua de ángeles”, el aroma que desprendía el mirto cuando la gente lo pisaba durante las procesiones.

Recuerdo que mi abuelo me llevaba a las procesiones cogido de la mano y me hacia inspirar profundamente el “agua de ángeles”, diciéndome que ese olor divino podía llevarnos al cielo directamente al igual que probar las confituras de la abuela; las cuales también tenían ese aroma inconfundible del mirto.



De repente me sentí como hechizado, notaba la dulzura femenina que emanaba del jazmín, estaba atrapado en los dulces brazos de su aroma y no quería alejarme de ese reconfortable abrazo.



Cuando por fin dejé atrás el embrujo aroma del jazmín, la salvia rosa me hizo sentirme lleno de salud, quería seguir paseando por este maravilloso parque lleno de fragancias, quería seguir paseando por mis sensaciones, por mis recuerdos, quería seguir disfrutando de los aromas naturales.

Es maravilloso notar como los aromas pueden llevarnos a recuerdos incluso de la niñez, como pueden hacernos sentir, e incluso como pueden cambiar nuestras emociones. Me encontraba muy positivo, incluso más positivo de lo normal; me concentré en mi olfato y efectivamente me encontraba bajo la estrecha sombra del ciprés, su aroma estimulante me estaba influyendo.

A mi pesar, había llegado la hora de dejar el parque, tenía que irme a trabajar. Fui caminando lentamente hacia la puerta y como si el parque pudiese notar la añoranza que me producía dejarlo se despidió de mí con una aroma fresco y renovador. Cerré los ojos justo antes de salir por la puerta y pensé: como no, el pino.

De camino al trabajo, supe que el parque me había mandado una invitación para volver a visitarlo y también entendí como mi abuelo era capaz, de transmitir la emoción en sus historias de aromas.



Texto y fotos: J Borrás.

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